martes, 4 de diciembre de 2007

El mirador de Lindaraja

Camino al trabajo, ella observa al joven empelado con corbata y chaqueta, que se ha sentado enfrente en el bagón del metro. La camisa bien limpia y planchada, ¿por su madre, su mujer, por él mismo?. Ella prefiere descartar el primer caso, puestos a elegir, tendrá una mujer joven, de la que seguramente está muy enamorado. A esa edad, el amor se vive intensamente. Aquel profesor nos decía que a los veinte, el principal móvil era el apetito sexual, a los treinta, el ansia de poder, de consolidarse en una posición, a los cuarenta....
Dejémoslo así, veintitantos, con una joven mujer a la que ama, con la que posiblemente haya hecho el amor esta madrugada, antes de clarear el día. Es un joven atlético, si no fuera por el trabajo vestiría de modo informal. A ella le resulta morboso adivinar los fuertes muslos bajo la forma holgada del pantalón. Cuando al fin llega su estación y se levanta, ella piensa que la vida es bella. La gente tiene historias bonitas, y es feliz.
Si recorremos el mismo trayecto un día y otro a la misma hora, es fácil encontrarse con la misma gente, a la que gusta el mismo lugar del bagón. Un día y otro el joven empleado, con la camisa impoluta, planchada por su mujer o por él mismo, al que inventamos una historia el primer día, y nos resitimos a cambiársela, se nos sienta enfrente, o a veces al lado. Miramos de reojo el libro que lee, y nos sentimos mirados también, o eso creemos, y nos gusta. No está bien visto abordar a los desconocidos, aunque nos veamos a diario, y nos echemos en falta, si un día no estamos. A la gente le gusta conservar su anonimato. ¿Habría algo de que hablar todos los días?, ¿Qué le contaría yo al joven de la camisa limpia, y la corbata impecable?. Su elocuente silencio, no seré yo quen se lo robe. Está bien así.

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