El guardián del fuego

No sabe nada del mañana,
pero sí que en treinta
o cuarenta años
estará muerto.
Todos terminan igual,
aunque hayan subido
a las cumbres más altas.

Su único deber
es mantener el fuego.
Con nadie comparte
las largas tardes pasadas
al calor de la llama.
Sólo tiene la noche,
el sol, la sombra de las nubes,
y la afición por el deber cumplido.

El resto del mundo,
donde no estará nunca,
se extiende al otro lado.

Comentarios

Rafael ha dicho que…
Hace tiempo, antes de que coincidiéramos en los blogs, escribí esto:

África

Uno tras otro fueron devorados
por leones hambrientos.
Los cachorros royeron sus huesos,
su carne les sirvió como alimento.
Solamente dos sobrevivieron.
Tan sólo ellos dos en la sabana,
postreros de una especie condenada.
Por azar se salvaron,
y por azar vivieron,
y procrearon.
Y sus crías se arrastraron
y sobrevivieron.
No sabemos su nombre,
ni siquiera si tenían nombre.
Sabemos que murieron,
y que cuando murieron
recordaron
un niño desgarrado
por leones hambrientos.
Y lloraron.
Y fue entonces,
en aquel tiempo sin nombre
cuando empezamos a ser
mujeres y hombres.

Me atraen mucho estos temas; ese pasado remoto, en el que no ya los días, sino los siglos se repiten sin cambios, rutinas. Esos millones de personas que vivieron como nosotros y no dejaron ningún rastro que pudiéramos seguir...
Tu poema sobre el guardián del fuego casi me ha hecho recordar en sentido literal "ese tiempo sin nombre". Saludos.
Susana Corullón ha dicho que…
Hola Rafael
También nuestra vida actual es rutinaria. Vivimos con la idea de que es preferible llevar una vida apasionante pero como tú dices, la mayor parte de las personas pasa por aquí sin dejar rastro. Aceptar la vida tal como es no nos va a dar un nombre para la posteridad, pero quizás nos haga más felices.

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